LA BALADA DE LA TORRE NUEVA

UNA VIEJA CANCIÓN PARA LOS NUEVOS TIEMPOS EN ZARAGOZA
José Manuel Dorado / Diagonal Aragón

Primo Romero /Torre Nueva

Foto: Primo Romero / Mural conmemorativo de la Torre Nueva en la zaragozana plaza de San Felipe

Cuando la Historia se parece demasiado a una fábula, cualquier parecido con la actualidad es pura reincidencia…

Durante cuatro siglos el edificio con mayor personalidad de Zaragoza fue la Torre Nueva. En diagonal estiraba sus setenta metros desde los tejados hasta el cielo. Nacida bajo el signo de una estrella de dieciséis puntas, creció torcida pero hermosa. Su defecto la convirtió en la más querida de las veinte torres de la ciudad, pues fue concebida para servir a sus habitantes y no al revés; más útil para la vida cotidiana que el campanil de La Seo, más admirada por el viajero que las cúpulas de El Pilar. Su campana avisaba de fuegos y otros peligros, su reloj ordenaba el trabajo y el descanso del pueblo, su interior acogía a enfermos y desvalidos. Siempre protectora de la ciudad que la plantó, avisaba cuando gentes con malas intenciones se aproximaban a Zaragoza y, aunque esquivó las bombas de los franceses, no pudo evitar la piqueta patria.

En 1892 el Concejo, azuzado por interesados comerciantes de la zona, decidió que la Torre Nueva se estaba cayendo. De nada sirvieron las voces autorizadas que no veían entonces ni en el futuro riesgo alguno de desplome. Tampoco se tuvo en cuenta su historial de servicio a la ciudadanía o que su imagen fuera el recuerdo favorito de los visitantes extranjeros desde 1520. Así de fácil se decretó el derribo preventivo de la mayor torre mudéjar del mundo. Para sancionar el carácter de farsa de esta historia, la demolición se sufragó parcialmente cobrando diez céntimos a toda persona que quisiera mirar por última vez Zaragoza desde sus alturas. Seguros y confiados subieron ancianos tan encorvados como la propia Torre, los inconformistas de siempre que escribían en la prensa de ayer contra la desaparición del edificio y muchos niños que escupieron divertidos al suelo de una ciudad tan desagradecida. Costó la operación 16.000 de las antiguas -calificativo por una vez ajustado al momento- pesetas.

Cuentan las malas lenguas que durante los días posteriores al turricidio los mismos comerciantes que apoyaron el derribo se llevaron más de medio millón de ladrillos que emplearon en la construcción de sus mansiones en el flamante paseo de la Independencia… ¡y aún quedaban dieciséis años para una exposición internacional!

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